LA PRIMERA VEZ QUE SOSTUVE UN BOKKEN EN LAS MANOS

24.04.2015 15:31

LA PRIMERA VEZ QUE SOSTUVE UN BOKKEN EN LAS MANOS

Masaaki Hatsumi (Ima Ninja)

La primera vez que yo sostuve un bokken en mis manos creo que tendría unos siete años, era un viejo sable de entrenamiento hecho de la madera del níspero japonés, mi padre lo tenía como uno de sus objetos más preciados. Después de aquella primera experiencia y antes de que empezara la guerra, yo había estado practicando judo, karate, kendo y las diversas artes marciales tradicionales japonesas, pero una vez terminada la guerra del Pacífico, a las artes marciales les siguió una época en blanco donde se vieron sustituidas por el boxeo, el fútbol, etc…Mientras, yo me dedicaba en cuerpo y alma a mis estudios. Quizás sea debido a la juventud que tenía entonces y a la fuerza que élla da, pero lo cierto es que aunque no me preocupaba en absoluto por encontrar la esencia de las artes marciales, gastaba todas mis energías en su entrenamiento.

En una ocasión, los soldados de una base americana me pidieron que les diera clases de judo. La energía de sus movimientos y la fuerza de sus brazos eran sorprendentes, en poco tiempo fueron capaces de dominar con gran maestría las técnicas más difíciles e incluso de hacer volar a sus compañeros japoneses más veteranos. Viendo aquel espectáculo un aire de

 

 

desánimo empezó a soplar dentro de mí. Precisamente en aquella época en la cual yo empezaba a pensar que el verdadero Budo tenía que estar en otro sitio, me vino a la mente una idea que decidí llevar a la práctica.

A partir de aquel momento decidí llamar a la puerta de los maestros de las distintas artes marciales tradicionales japonesas. Desde entonces, algunos de estos grandes maestros tuvieron la gentileza de venir personalmente a mi casa donde yo recibía sus enseñanzas directamente. Esta maravillosa experiencia duró aproximadamente unos diez años, una vez que conseguí dominar todas las técnicas de los distintos maestros, conseguí poder encontrarme con un maestro independiente de todos los demás, un maestro de Budo y de la vida, se trataba del maestro Takamatsu Toshisaya.

Inmediatamente me preparé para viajar hacia la provincia de Nara, allí en una región llamada Yamato se encontraba Kashiwara, el pequeño pueblo donde vivía el maestro Takamatsu. Una vez que llegué ante la puerta de su casa, la mujer del maestro tuvo la deferencia de salir a recibirme:

¡Ah, bienvenido! —me dijo con una sonrisa y un fuerte acento local. ¡Bienvenido a tu casa! ¡Creo que has hecho un largo viaje! ¡Venga, venga sube a la segunda planta!

Hice como me aconsejara la señora de la casa y cuando llegué arriba, me senté en seiza y, en silencio, me quedé observando los cuadros que colgaban de las paredes.

¡Ahh, bienvenido! ¿Ya estás aquí? —fueron las primeras palabras del maestro Takamatsu que salía desde una puerta en el rincón.

¡Ah! ¡Es un gran placer! —fue lo único que acerté a

 

decir.

 

 

En aquel instante todos los músculos de la espalda, desde

 

la cabeza hasta las extremidades se me pusieron rígidos como

 

 

una tabla y sentí como si una corriente eléctrica me recorriera todo el cuerpo.

¡Bien aquí estoy! —me dije a mí mismo reafirmándome. Desde los tiempos más antiguos delante de los dioses,

para contar con su benevolencia, se suele recitar una frase, que viene a ser «Kashikomi, kashikomi mou san»1 , pues bien, yo en aquel momento, realmente me sentía atemorizado. Por primera vez noté que tenía ante mí a un verdadero maestro.

¡Venga, venga! ¡Déjate de formalismos! —me dijo mientras me tendía la mano. Al contrario de lo que él imaginaba, para mí aquello suponía ser todavía mucho más respetuoso y como resultado, todos mis músculos terminaron endureciéndose más hasta terminar con los hombros casi encogidos.

Durante mi viaje de vuelta en el tren nocturno, lleno de emoción, no pude pegar ojo, pensando en que realmente en Japón todavía existían estos maestros. Aquello fue el comienzo de una estrecha relación maestro-alumno que duraría unos quince años.

En una ocasión el maestro Takamatsu me dijo lo siguiente:

«Todos cuando empezamos somos como un pequeño insecto, pero a pesar de ello, hasta el más insignificante insecto si se agarra fuerte a la cola de un caballo puede recorrer cuatro mil millas «. A partir de aquel momento y tras oir aquellas palabras, decidí firmemente ser el mejor insecto de todo Japón.

Antes de que el maestro Takamatsu se marchara al otro mundo, pude conocer a fondo, bajo sus sabios consejos, tanto el entrenamiento como la vida del «insecto». Como es de

 

 

 

N. del traductor: Es una frase que antiguamente se recitaba ante los dioses para recibir su bendición y protección cuando alguien se disponía a hacer un largo viaje o se enfrentaba a algún reto peligroso.

 

 

imaginar, el entrenamiento suponía un esfuerzo supremo, casi hasta agotar la última gota de sangre la práctica se sucedía de manera ininterrumpida, en un estado semi-inconsciente. Gracias a todo ello, después de varios años, llegué a dominar un Budo infinito y finalmente descubrir el verdadero mundo de los

«insectos» (como los primeros dominadores de la tierra, el rey de los reptiles con la conciencia de un gran dinosaurio)

De nuevo, recordando las palabras del maestro Takamatsu, me dí cuenta de que empezaba a vislumbrar en mí la figura osada de aquel pequeño insecto agarrado a la cola del gran caballo, momento desde el cual me dispuse a dejar de ser un pequeño animalillo para convertirme en un gran dragón blanco.

Hoy en día, al hablar a la gente acerca del Budo, les suena a algo feudal, de épocas pasadas y una especie de alergia les recorre todo el cuerpo. Yo, personalmente creo que precisamente el budo, es algo necesario para la sociedad de hoy. Haciendo eco de las palabras del maestro Takamatsu recuerdo algo que me dijo:

«El budoka que sigue el camino marcado y hace de su entrenamiento lo más importante, como budoka, no tiene de qué arrepentirse; por otra parte intentar ser famosos como los hombres de antaño: por ejemplo, Miyamoto Musashi, o incluso destacar en el dominio y destreza de las diversas técnicas, quizás pueda ser interesante para algunos, pero no se debe olvidar que la esencia del budo es la virtud». Dicho de otro modo, quien no se prepara así, no puede ser llamado budoka. La esencia del Budo consiste en vencer claramente, mediante su conocimiento, pero sin luchar. El ninjutsu es igual, si no estamos preparados en su esencia, si no conocemos su verdad, nunca podremos decir que hemos llegado a un conocimiento completo de dicho arte. De esta manera los diversos maestros, al tiempo creadores de diferentes escuelas, los jefes de las diversas familias

 

 

y tantos otros, con el deseo de que todo esto se entendiera, haciendo caso de la tradición, se subían a lo alto de una roca y se sentaban a meditar largo tiempo. Como es de imagimar esta costumbre se transmitió de una generación a otra y muchos años después aquel lugar de meditación se conocía como «la roca del extranjero». Se comentaba que aquel que formulara allí un deseo, en poco tiempo lo vería realizado. Actualmente, en Sada, un pueblo de la provincia de Iga, grabada en una roca se encuentra una vieja inscripción que así lo atestigua. De esta manera, podemos asegurar que el auténtico Budo se mantiene alejado de la violencia, teniendo en cuenta esta máxima, la cual deseo que nadie olvide, me animé a escribir estas líneas.

Actualmente, son innumerables los libros editados sobre el budo. Los hay que basándose en textos antiguos, hacen una presentación subjetiva de este mundo de las artes marciales, otros, por el contrario, después de haber llegado a cierto dominio de alguna de esas artes marciales «modernas», y desde un punto de vista muy personal el autor presenta su libro, también los hay quienes hacen uso de ambos métodos para concluir su trabajo. Todo ello sin olvidar, los más, que son aquellos que se presentan tomando como referencia básica las numerosas rutas de la milenaria China. Pero toda esta variedad es natural gracias al interés que el tema suscita.

Debido a toda esta diversidad de estilos y artes, reina gran confusión entre los lectores. Por mi parte, he intentado escribir algo que no se encuentra en ninguno de todos estos libros y que los budokas actuales reclaman. A través de estas páginas he intentado describir qué entienden por budo los japoneses que lo practican. En este libro hay no pocas partes vergonzosas para el verdadero budoka, desde los motivos que conducen a una guerra hasta de qué manera nos pueden aparecer obstáculos que impidan la práctica, todo ello, sin olvidar la estrecha relación y

 

 

a su vez frágil barrera entre el arte y el deseo.

También se puede hacer un acercamiento al Budo desde el punto de vista artístico, por tomar un ejemplo podríamos mencionar los cuadros orientales donde la roca, podría llegarse a pensar que de un modo abstracto, representa al hombre y comparativamente, a los cuadros occidentales cuya nota general podrían ser los desnudos, quizás se les pueda encontrar una referencia con las adoratrices que hacen su aparición en la caballería. De esta manera, me gustaría hacer una presentación del Budo desde diferentes enfoques.

Las razones para empezar a practicar las artes marciales van cambiando inevitablemente de una generación a otra. Tanto en época de paz como en época de guerra, el ánimo, el espíritu que nos late desde lo más profundo es el mismo. En el caso del maestro Takamatsu, desde el momento en que nació hasta que cumplió 21 años estuvo viviendo con los 9 hijos de su madrastra. Parece ser que una y otra vez durante aquellos años, fue maltratado por sus hermanastros, tanto es así que pasaron a llamarlo «cabeza llorona». Parece ser que el maltrato fue la principal razón por la que el maestro Takamatsu entró en el mundo del budo.

Por mi parte, recuerdo que mi padre era un hombre que solía beber con frecuencia, cuando lo hacía cambiaba tanto que no parecía el mismo. De esta manera se sucedieron los días, uno tras otro, enfrentándome a un «desconocido» armado con una navaja. Cuando mi padre se acercaba, a una distancia de unos cien metros, gracias a un sexto sentido que había desarrollado era capaz de sentirlo y así poder esconderme en el armario empotrado de la habitación o incluso, dormir fuera a la intemperie. En semejante situación, los libros de texto no me eran necesarios por lo cual terminé quemándolos en un arrebato de ira. Finalmente, entre unas cosas y otras me presentaba a la

 

 

escuela sin comida, (que cada madre solía preparar para su hijo), y por supuesto sin el material escolar, provocando la cólera del maestro que una y otra vez me repetía: - ¡No he visto a nadie más tonto que tú! —y posteriormente me hacía estar, otra vez, todo el día de cara a la pared.

Así fue como tuve que hacerme fuerte y cada noche enfrentarme a aquel alborotador que venía con navaja en mano y tras dominarlo, meterlo en la cama. Yo que era el más débil de todos pero también el único hombre de la casa, me vi en la obligación de defender a toda la familia.

Ahora después de los años, creo que éste fue mi primer contacto serio con el Budo y después de observar detenidamente la situación, llegué a la conclusión de que el mío, fue un buen padre. Al fin y al cabo, él se encargó de mostrarme el verdadero camino del budo.

Hoy, años después de haber sido discípulo del maestro Takamatsu y haber podido encontrar una vida maravillosa a través del Budo, estoy convencido de que este espíritu de plena satisfacción que siento, es sin duda por haber alcanzado un pleno conocimiento de dicho budo.

A todos aquellos practicantes de las diversas artes marciales, que de un modo totalmente inconsciente, practican desde un único punto de vista, despreciando así otras ideas, les ruego sinceramente que no desperdicien su vida y se relajen. A través de estas líneas, según mi propia experiencia, intento describir el auténtico Budo desde diversos ángulos, desde el maestro al discípulo y a través de las enseñanzas orales de ambos, ofrecer una introducción.

 

Hakuryu

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